domingo, 14 de marzo de 2010

Acotaciones a la entrada anterior (Canalda, Don Arturo)

Aprovechando que hoy es sábado y mis hijos están por ahí con sus amigos, he bajado a comprar tabaco (maldito sea) y a tomar una cervecilla. Mientras lo hacía, iba yo pensando en que, quizás, la entrada anterior (que ahora es la pre-anterior, que el interfecto no descansa) me ha quedado un poco jipi. Y me han dado ganas de acotar algunas cosas.

Uno de los rasgos definitorios de la imbecilidad supina es la arrogancia. Otro es la inconsciencia.

¿Qué significa confiar en los hijos de uno?

Estoy seguro de que, al igual que yo antes, mis hijos no aprenderán de mis errores; sino que aprenderán de los suyos. Y estoy seguro de que yo, al igual que mis padres, me mesaré los cabellos más de una vez pensando en por qué no me escucharon. La respuesta es simple y sencilla: cada ser humano tiene su camino y ningún ser humano puede vivir la vida de otro, por mucho que algunos se empecinen.

También estoy seguro de que mis hijos vivirán, al igual que lo hice yo, su primera borrachera. Espero que no y es humano esperar que no; pero siendo realista lo normal es que pasen por ese trance. Nada puedo hacer para evitarlo; salvo prevenirles. Prevención que, reconozcámoslo, sirvió de poco en mi caso.

Del mismo modo, tengo el convencimiento de que deberán de sobrevivir, como sobreviví yo (espero que menos malamente, la verdad), a esa etapa durísima llamada adolescencia. Que harán tonterías, como hice yo; que harán barbaridades, como hice yo. Me cabe esperar que no las hagan más gordas de las que hice yo (y esto, conociéndome como me conozco, no es tan difícil).


Tengo la seguridad de que, al igual que yo, mis hijos cometerán errores. No los mismos que yo, sino los suyos propios. Sé que no tomarán las decisiones que yo tomaría; pero también sé que muchas de mis decisiones no han sido precisamente un gran éxito.

Y, si, sus decisiones no serán las que yo desearía. Pero ni lo espero ni lo deseo. Siempre recuerdo un capítulo de una serie, quizás Matrimonio con hijos, quizás Infelices para siempre, en la que los padres hunden la carrera (y la vida) del hijo y acaban en la cama en una conversación que debería de formar parte de las ceremonias de bodas y bautizos: 
  • Ha perdido la mejor oportunidad que jamás tendrá en la vida
  • Si
  • Le hemos arruinado la vida
  • Si; pero no vamos a reconocerlo
  • Además, la culpa es suya. ¿A quién se le ocurre hacer caso a unos fracasados como nosotros?
¿Entonces?

Pues entonces, lo que cabe esperar razonablemente es que mis hijos sean personas decentes. Solo espero y deseo que sus decisiones tiendan a ser justas y decentes; que nunca dejen de ser ellos mismos y que, al final de sus días, puedan sentirse razonablemente orgullosos de lo que han hecho con ese don que llamamos vida.

Y si, de paso, se sienten orgullosos de su padre, ya sería la leche. Al menos siempre podrán decir que su padre no era un político.Que no es poco.

PS:

Alguien podría pensar que me incluyo en la lista de fracasados. Nada más lejos de la realidad. Precisamente, el saberme no perfecto me garantiza que no lo soy. Porque la lista de los fracasados está encabezada por los perfectos. Y les siguen de cerca todos esos viejunos para los que cualquier tiempo pasado fue mejor. Tiempo o juventud. Que viene a ser lo mismo: miedo.
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